Alamanaqueiras: ou não queiras.

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terça-feira, 1 de agosto de 2017

estamos em entendimento para importar 'la vidente' para o Brasil. quem sabe, não esteja aqui a visão que tanto nos falta.

Visita a la vidende que lee el culo

Rumpología: videntes hay pero pocas leen el culo: pitonisas del trasero UK

por Antía Castedo/ Fotografía De Silvia Ospina

¿Sabía que hay personas que le adivinan el futuro con solo mirarle las nalgas? la periodista Antía Castedo se le midió a mostrarle las suyas a la única rumpóloga —así se llaman las pitonisas del trasero— que hay en el Reino Unido y acá nos cuenta qué le depara la vida según su culo.



No era, faltaría más, la primera vez que enseñaba mis nalgas. Ni tampoco la primera vez que alguien las tocaba. Pero nunca habían examinado mi trasero con un interés tan “científico”. Me quité los pantalones en una calurosa tarde de junio y coloqué mis nalgas en el campo de visión de Sandra, a escasos centímetros de ella. Yo estaba parada y ella, detrás, sentada en una silla. Casi podía sentir su aliento mientras iba desgranando los secretos que esconden (para quien sabe descifrarlos) las líneas, lunares y formas de mi trasero.  (El misterio del “hombre semen”)

El día había empezado bien. En el cielo de Londres no asomaban nubes. En lugar de salir, como muchas mañanas, para subirme a un vagón de metro lleno de oficinistas pálidos y adictos a sus celulares, ese día a iba subirme al tren para visitar a una vidente que me leería el futuro.

El plan ya era de por sí estrafalario desde la óptica de una periodista española de 32 años, poco dada a las supercherías, de mentalidad racionalista y personalidad escéptica y desconfiada. Pero lo que lo hacía aún más extraño era que Sandra Amos tiene, por utilizar un término de la economía, una ventaja comparativa frente al universo de adivinadores: es capaz de leer las nalgas.

Todos llevamos el futuro escrito en nuestro trasero, o eso es lo que Sandra opina. No solo eso, sino que las nalgas son una especie de enciclopedia de nuestra vida. La nalga izquierda expresa el pasado, mientras que el futuro está agazapado ahí mismo, entre el músculo, la carne y la celulitis de nuestra nalga derecha.

“Si tu pasado está en la nalga izquierda y tu futuro en la nalga derecha, el presente es un agujero negro”. Negro o no, el chiste de mi amigo incidía en un aspecto del asunto que, debo admitir, me causó gran inquietud en los días previos a mi visita a la vidente.

Se imaginarán que la perspectiva de que una desconocida pudiera indagar en el agujerito me producía escalofríos. ¿Una carrera universitaria en Ciencias Políticas, una maestría y años de duro trabajo para acabar así? Solo pensarlo y me entraban ganas de tomar las armas y lanzarme a subvertir el orden capitalista.

Decidí apaciguar mis miedos como haría cualquiera: documentándome en internet. Así descubrí que Sandra no era la única persona en el mundo que aseguraba poder leer la postrimería de nuestros cuerpos. De hecho, el oficio tiene incluso un nombre: rumpología.

Aunque el corrector de Word no lo reconoce, ni tampoco la Real Academia Española de la Lengua (lo más cercano que ofrece es “rumorología”), el arte de leer nalgas ajenas tiene una entrada en la Wikipedia.

No les contaré lo que dice porque pueden leerlo ustedes mismos. Pero me parece relevante contarles que la reina de las rumpólogas del mundo no es Sandra Amos, sino la madre del famosísimo actor de Hollywood Sylvester Stallone.

Jackie Stallone, astróloga, mantiene que la rumpología es un oficio tan viejo como el más viejo de los oficios. Que ya lo practicaban los babilonios, los antiguos griegos y los romanos. 

La búsqueda en Google arrojó otros datos tranquilizadores: en ningún sitio se hablaba de que fuese necesario examinar el orificio antes mencionado, solo se mencionaban las nalgas. Y parecía que ni siquiera iba a tener que quitarme las bragas delante de Sandra. 

Más tranquila, aunque oscilando todavía entre la inquietud y la ilusión por el día que se avecinaba, salí ese martes de casa hacia la estación en la que me iba a encontrar con la fotógrafa de esta crónica para subirnos a un tren que nos debía llevar, primero a la ciudad de Leeds, y luego a Knottingley, el pueblo donde vive Sandra. (Historia de mi propio aborto por de Virginia Mayer)

Así que ambas subimos al tren para cruzar Inglaterra en busca de mi futuro. Yo iba preocupada por mis nalgas, y Silvia por sus fotos (¿sería estéticamente sugerente la casa de la vidente?), pero conseguimos sobreponernos y charlar animadamente de nuestras vidas, Barcelona (donde ambas hemos vivido muchos años) y la precaria pero aventurera vida del freelance. 

Como casi todo viaje en tren por Inglaterra, el nuestro también fue azaroso. Dicen que el sistema de ferrocarriles británico nunca volvió a ser el mismo desde la privatización en tiempos de Margaret Thatcher. Además de muy caro (un viaje de menos de tres horas, ida y vuelta, nos costó 100 libras, unos 150 dólares), los retrasos son frecuentes. 

Al llegar a Leeds, habíamos planeado subir a otro tren hacia el pueblo de Sandra. Pero nunca pasó, así que tuvimos que recurrir a Uber, el servicio de taxis privado que, aunque ilegal en otras partes del mundo, en Inglaterra ha desbancado a los tradicionales black cabs.

El problema es que el taxista paquistaní, que aseguró llevar 15 años en el oficio, no tenía ni idea de dónde quedaba Knottingley. 

Aunque la aplicación lleva incorporado un mapa y lo único que tiene que hacer el conductor es seguirlo, por alguna razón que nunca pudimos entender ni Silvia ni yo, el taxista se empeñaba en querer dejarnos en medio de un polígono industrial donde, saltaba a la vista, no podía estar la casa de Sandra. 

—Este no es el sitio que marca Uber —le dijo Silvia, que empezaba a enfadarse ante la actitud desdeñosa del conductor.

—¿Uber? Yo no sé qué es Uber —contestó como rugiendo.

La respuesta nos dejó, naturalmente, desconcertadas. Pero tras mucho insistir, casi rogar, e indicándole exactamente por dónde debía llevarnos, logramos llegar a la calle de la única rumpóloga de Reino Unido.

El lugar no podía ser más anodino y gris. En la calle, con casas adosadas idénticas a ambos lados, construcciones decentes pero tristes, sin personalidad, no había nadie. Una calle cualquiera de un pueblo cualquiera de Inglaterra puede secarte el alma. 

Sandra nos recibió con una sonrisa, pero ni siquiera nos dio la mano. Supusimos que estaba demasiado nerviosa y se lo perdonamos al instante. Luego salió corriendo a la tienda de la esquina para traer papel higiénico, ya que ambas teníamos una necesidad imperiosa de ir al baño y la vidente se había quedado sin papel.

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